Cosas que me tocan los ovarios 4

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La señorita que nos atendió el otro día en Atención al cliente del Carrefú, a raíz del tema del lavavajillas que nos trajeron sin caja, que ya que estábamos allí pasamos a mostrar nuestro malestar por el tema de que lo subieran sin caja por el decreto 33 y no había forma de que entendiera que lo que nos molestó es que el transportista sacara la caja para no tener que subir él los 5 pisos a pie y que hasta que lo hemos puesto ha estado pillando polvo en el comedor por las obras e insistía en pedirnos perdón por que el transportista no subiera la caja para que la guardásemos ya que tanto la queríamos y nos dedicaba miradas torvas con cara de estar pensando y para que querrán estos dos raros la puñetera caja.

Que no, que no, que no, ¡coño!, que no queríamos la caja para nada, que la caja es un estorbo, que lo que queríamos es que el lavavajillas viniese con la caja puesta, no es que seamos un matrimonio friki fetichista de las cajas grandes de cartón para hacer perfomances en las que aparecemos disfrazados de dentro de la caja de las narices, rollo pastel de cumpleaños con streeper dentro.

Pues nos marchamos sin conseguir que lo entendiera, menos mal que no había un chiqui park al lado, sino seguro que llama a los de seguridad y nos echan por pervertidos.

Epiléptico: La ascensión del gran mal

lunes, 13 de septiembre de 2010

Epiléptico: La ascensión del gran mal, es la historia de David B. y la de su familia.

Lo primero que impresiona es el tamaño de esta novela gráfica, un buen ladrillo, de los que no hay manera de llevar en el bolso para ir leyendo en el metro de camino al trabajo.
Después de unas páginas, impresionan muchas otras cosas.

David, nos cuenta como la enfermedad de su hermano mayor, la epilepsia, y la actitud de éste frente a su enfermedad, destrozan a su familia.
Para ello nos adentra en la infancia de los tres hermanos, él es el mediano y tiene una hermana menor, que va cambiando a medida que su hermano manifiesta la enfermedad con más intensidad.
Nos explica como sus padres no desfallecen nunca tratando de encontrar una cura para una enfermedad que cada vez se vuelve más agresiva, nos explica sus peregrinajes por comunas macrobióticas, las miles de terapias alternativas que prueban y los cambios de alimentación, de vida, de creencias.

Pero nada funciona, y a la vez que el hermano se hunde en la negrura de la enfermedad, arrastra con él al resto de miembros de la familia, que ven como su vida empieza y termina en la enfermedad de su hermano.

Nos habla de la rabia que siente por él, nos muestra el mundo de fantasía que construye para sobrevivir, un mundo tenebroso lleno de muerte que le mantiene cuerdo y a la vez triste, de como huye de su familia y de sus primeras relaciones sentimentales.
Y de como la enfermedad de su hermano planea sobre todo ello.
Del vacío que siente al mirarle, ya adulto, de la distancia insalvable entre ambos, de la ruptura familiar, de la soledad.

Me ha gustado particularmente por su ausencia de juicios morales a esos padres que para salvar a un hijo, arrastran a dos, a lugares y situaciones disparatadas, muy probablemente, nada aptas para niños.

Aunque me ha parecido llamativo, que de todas las cosas durísimas que David nos cuenta, una de las más dolorosas es descubrir como tras tantos años de esconder su secreto, se abre a una persona de su nuevo entorno y como poco tiempo después, es rechazado por la misma, al no poder soportar ésta la dureza de lo que su nuevo amigo le cuenta sobre su pasado.

Y al hilo de esto, se me plantea nuevamente una duda que me he planteado muchas veces.
En relación al dolor ajeno, ¿hasta que punto estamos obligados a cargar con ello?
Si tengo un amigo/a X, que con sus vivencias y acciones me causa dolor al ver su sufrimiento pero sé que probablemente yo sea una de las pocas personas que le pueda ayudar, ¿cuanto he de soportar?
¿Es lícito que corte mi amistad con X para protegerme o mi deber moral es aguantar carros y carretas por el bien de la otra persona?

La musiquita del viernes

viernes, 10 de septiembre de 2010

Clan of Xymox- Be my friend


Las aventuras de la bloguera topo

miércoles, 8 de septiembre de 2010

¿Que no sabéis de quién estoy hablando?
Pues de mi misma, como no, que para eso este es mi blog.

La semana pasada fue una semana dura, como ya os comenté, el martes me hicieron una analítica que me devolvió a la realidad más miserable de la precariedad de mis venas y el miércoles me hicieron un fondo de ojo, que en si mismo es una prueba bien sencilla pero que da un por culo que no veas.

Nada, que llegué al curro y me volví pa casa, cuando dije eso de, por no ver, no veo ni las teclas del teléfono, me mandaron para casa.
Hasta me tuvieron que marcar el teléfono de mi medio para llamarlo y que viniera a buscarme.
Todo de un patetismo hilarante, según ellos, los muy cabroncetes.

Pero yo, lo que quería contaros, es mi primer fondo de ojo.
Con unos 8 añitos, se me escoñó la vista y me hicieron un fondo de ojo.
Me pusieron las gotitas, me miraron y me mandaron a mi casita.
De camino a casita, mi madre pasó por la herboristería a la que iba siempre, y como premio a mi resignación por no decir ni mu aunque no veía ni torta, me dijo,
-Anda, elige unos caramelos.
Yo no soy muy de dulces, pero como mi madre era de las de no
a todo, me apresuré a mirar todos los estantes de la herboristería para elegir caramelos.
Al fin dije alzando la mano,
-Quiero esos de ahí.
La dependienta miró hacia donde apuntaba y me dijo,
-¿Pero cuales?
Y yo,
-Esos de arriba a la derecha.
Y ella, mira que mira,
-¿Pero cuales, nena?
Y yo,
-Los amarillos y negros.
Y en estas que había dos señoras esperando, y todos mirando arriba a la derecha, y ella,

-Uy, pues no los veo.
Y las señoras, de comparsa,
-No nena, nosotras tampoco.
Y mi madre,
-Pues mira, que yo tampoco los veo.
Y yo, que soy un rato cabezona,
-Pero si están ahí, la última repisa, a la derecha, ¡¡¡si hay un montón!!!
Y la señora, intimidada por mi decisión, coge la escalerita, se sube hasta arriba del todo y empieza,
-¿Estos?
Y yo,
-No, no, más a la derecha.
Y ella,
-¿Estos?
Y yo,
-Que no, que no, esos no.
Y así hasta recorrer todos los botes habidos y por haber.
Llegado este punto la pobre señora está ya medio loca de buscar los caramelos, las clientas atónitas ante mi insistencia, y va y dice mi madre,

-¡Ay!
Y la señora, que cree ver la luz,
-¿Que pasa, los ha visto usted ya, señora?
Y mi madre negando con la cabeza, con la mano en la frente en dramático gesto,
-Que no, que no, que no le haga caso a la niña.
Y la señora,
-¡¡¡Para no hacérselo, usted ha visto la convicción con la que pide los caramelos!!!
Y mi madre,
-¿Sabe qué es lo que pasa?
Y la dependienta,
-No, cuente, cuente.
Y las clientas,
-Eso, cuente, cuente.
Y mi madre,
-Que venimos del médico, del de la vista, y a la niña acaban de hacer un fondo de ojo, y claro, la pobre no ve ni torta.

Lo que ya no recuerdo es como salió mi madre de una pieza de la herboristería.

A yonqui no me meto

lunes, 6 de septiembre de 2010

El martes de la semana pasada, me hice el cuarto análisis de sangre del año.
En ocho meses, me he hecho más analíticas que en los últimos diez años, lo juro.
Desde los 11 años, le tengo pánico a las agujas, por que un inepto me hizo una desgracia.
Yo aún no lo sabía, pero aquel señor acababa de desatar mi peor fobia.
Lo supe, claro está, cuando me tocó la siguiente analítica.

Desde entonces, he ido afrontando este miedo irracional como he podido.

Al principio, les tenía tanto miedo, que tres o cuatro días antes de la fecha, no podía dormir.
Llegado el momento, me daban unos ataques de ansiedad tremendos e invariablemente, me quedaba al borde del desmayo.
Como se me había puesto el estómago del revés del miedo y al estar en ayunas, me daban muchas nauseas.
Tenía que estar tumbada al menos media hora y me daban unas migrañas terribles del estrés.
Por descontado, mientras me sacaban sangre, gritaba mucho y a menudo lloraba.

Llega un momento, en que sólo te queda afrontar lo inevitable, y lo inevitable es que a lo largo de mi vida, me van a tener que hacer una serie de analíticas, pase lo que pase, me den miedo o no; nadie puede ahorrarme este trance.

Entre mis 11 años y ahora, han pasado muchas cosas.
He aprendido a gestionar mejor mis emociones, he tenido que hacer de enfermera de mis gatos, inyecciones incluídas, me he dejado hacer acupuntura algunas veces, pero sobretodo, he ido sanando mi alma con los recursos que han estado a mi alcance y aunque las agujas me siguen dando miedo, no me quitan el sueño ninguna noche, no me dejan al borde del desmayo, no me dan ataques de ansiedad y ya no lloro.

Sin embargo, hay algo que no ha cambiado; me producen un dolor insoportable.

De las 4 analíticas de este año, las dos primeras, fueron bien.
La primera, me la hizo una chica maravillosa, sin apenas dolor y muy rápido.
La segunda, me la hicierona través de la vía, y aunque la vía me la pusieron al tercer intento y tras hacerme mucho daño, la analítica fue bien.
La tercera, me pusieron la vía bien, pero la analítica fue un espanto, aunque yo lo achaqué a la vía y no lo contaba como mala experiencia.
Y la cuarta, fue un desastre.

Tengo las venas muy finas, a menudo no me encuentran la vena, lo que se traduce en que una operación de un par de minutos, se alarga 15 o 20.
El martes, no me encontraban la vena, y al final, me pusieron la aguja en una vena bifurcada que tengo de la que apenas salía sangre con lo que estuve con la aguja puesta una eternidad, con un dolor horrible en mi brazo y otro más horrible en mi mente, con una analista maravillosa, la de la primera vez, que ya no sabía que hacer para sacerme más sangre.

Hasta esta última analítica pensé que con la disposición adecuada, no sentiría dolor, o que sería un dolor muy muy pequeño, pero el martes caí en la cuenta de que mi disposición no va a cambiar un hecho impepinable; mis venas son una mierda.
El martes caí en la cuenta de que es sólo una cuestión de suerte que ese día me pillen una buena vena o no, mi disposición sólo puede cambiar que sufra mucho, o que sufra muchísimo, pero el dolor va a estar ahí, por que es una consecuencia directa de algo que no puedo cambiar.
Después de la analítica, viene otro dolor, la vena dando tirones durante horas y finalmente el morado que si hay suerte, no es tamaño palmo.

Estuve todo el día muy desanimada y se me hizo un morado de los malos.
Me sentí derrotada, por que a cabezona no me gana nadie, pero hay cosas que yo no puedo controlar.

Seguro que la próxima analítica lo veo de otra manera, pero hoy por hoy, quedamos en tablas.

La musiquita del viernes

viernes, 3 de septiembre de 2010

Röyksopp- So easy


Adicta

miércoles, 1 de septiembre de 2010

He de reconocerlo, yo no estaba preparada, toda la vida practicando la disciplina del recogedor, y de repente, el dinero y el espacio, sobretodo el espacio, para que negarlo, me han abocado a un frenesí tecnológico que me tiene enganchada, obsesionada y me desvela por las noches.

Desde hace unas semanas, tengo lavavajillas y aunque sé que esto va a ser mi perdición y que fijo me desforja el carácter en un mes, he de confesar que este electrodoméstico gobierna mi vida completamente desde que llegó, tan cuadradito, tan metalizado, tan funcional, tan limpito, tan...y es que tras las puñeteras obras, para quitar las toneladas de polvo de los enseres de cocina hemos estado varios días haciendo tres lavavajillas por día.

Y vosotros diréis,
-Ah, pues muy bien, ¿y?
Y yo os contesto,¿cómo que y?, ¿cómo que y?
Que me he tirado una semana poniendo tres lavavajillas por día y ha llegado el momento en que ya no tenemos más cosas que lavar que las que vamos ensuciando, y de repente mi vida ha perdido sentido, ya no tengo anhelo por llegar a mi casa y apretar ese botoncito que hace ese precioso piiiiiiiiii, ya no me espera un montón de vajilla vaporizada y humeante al abrir la puerta cual Lluvia de estrellas, ya no oigo ese ronroneo durante horas que era como música celestial, estoy tan desesperada que me he planteado seriamente ir a pedirles los platos sucios a los vecinos.

Estoy destrozada...

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