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El valor de las cosas

lunes, 4 de octubre de 2010

Hace algunas semanas, hablábamos de la pobreza, aquí.

Algunas de vuestras aportaciones me hicieron pensar que tal vez mi baremo de necesidades básicas estaba algo oxidado y he estado reflexionando sobre ello.

Yo fui educada por padres de la posguerra, que habían crecido con muchas carencias y valorando muy mucho cada duro que tenían.
Nunca se compraban cosas superfluas a no ser que se tuvieran las necesidades básicas cubiertas primero.

Yo me independicé pronto, con 20 años vivía en un piso compartido junto a mi pareja.
Sé bastante bien lo que es pasar estrecheces económicas, por que yo no me fui con un piso montado ni nada de eso.

Trabajamos duro y poco a poco fuimos prosperando, primero un piso de alquiler para nosotros solos, luego uno de compra barato cuando la gente se metía en hipotecas 3 veces más grandes que la nuestra y finalmente, gracias a nuestro esfuerzo, un piso con terraza que no ha salido nada caro.

Nuestra economía se basa en un principio fundamental, primero lo necesario y si sobra, lo demás.
Pero, ¿qué es necesario?

Veamos, pagar la hipoteca, y los recibos es necesario.
La comida y productos de higiene son necesarios.
Dinero para medicamentos por si nos ponemos malos.
¿Que más es necesario?

Lo primero que quitaría para ahorrar, es internet, con todo el dolor de mi corazón, pero es obvio que con internet no como, no pago recibos y no me curo, por lo tanto, es algo superfluo.
Lo siguiente, sería el móvil, es jodido, pero las cabinas existen y se puede llamar desde ellas, además, hace años inventaron unas tarjetas muy majas que te ahorran tener que ir con monedas.
Evidentemente, primero habría tratado de ahorrar en cosas necesarias, como la comida, o sea, comprar más barato y dejar de comprar caprichos.

Así que no, para mi el móvil no es algo prioritario o necesario.
Es algo muy cómodo, eso sí.
Mis móviles me cuestan muy poco, los canjeo por puntos, me cuesta lo mío por que no suelo tener muchos ya que no llamo mucho, si no los puedo canjear por la totalidad de puntos, me gasto 30€ máximo; para mi es lo que vale un móvil, por que necesito poder llamar, que me llamen y enviar sms, pero nada más.

Yo sé que mi modo de ver las cosas es un poco diferente de lo que abunda hoy en día, pero cuando veo a algunos de mis vecinos, que viven 7 en el mismo piso compartido, con trabajos precarios y pagando alquileres abusivos, pero que sin embargo tienen móviles siempre a la última moda, o que llevan ropa de marca carísima, me pregunto:
¿Cual es el valor de las cosas?

Móvil para todos

lunes, 7 de junio de 2010

Sé que los tiempos cambian y que el progreso, llega a todos a pasos agigantados, pero aún y así, a veces me sorprendo de algunas cosas.

El otro día, depués del trabajo , me pasé por el centro de la city, o sea, Plaza Cataluña y alrededores y pasé delante del McDonald´s que hay junto al metro y vi a un mendigo.

No es que ver un mendigo en Barcelona sea una novedad, no, los hay y muchos y no es que verlo en las inmediaciones de la Plaza Cataluña sea raro, tampoco, pero lo que me dejó estupefacta fue que el individuo en cuestión, que estaba bien pertrechado en su lugar de ¿trabajo?, con su espalda y pecho bien a la vista para poder apreciar sus terribles quemaduras que de todas maneras nada más verle la cara uno ya veía claramente y vi que estaba hablando por un móvil, pero no uno de esos que parecen sacados de un museo de antiguedades, sino uno de esos nuevos, ultraligeros y ultraazuleseléctricos.

Como pasaba a toda leche por delante y no estaba segura de haber visto con claridad, me paré y me volví para verificar que estaba viendo lo que estaba viendo y efectivamente, estaba hablando por móvil.

Y no es que a mi me deba importar que este Sr. hable por móvil o por teléfono satélite, pero me llama la atención.

Seguí andando y a lo mío y ya de vuelta a casa, como son muchas paradas de metro estuve cavilando sobre el tema.

Veamos, cuando pides dinero por la calle se te presuponen una serie de cosas, como:
1. No tener trabajo
2. No tener dinero
3. No tener casa
además están los bonus que serían el no tener familia que te acoja, no tener comida que llevarte a la boca, e incluso no tener más que la ropa que llevas puesta, aunque esto me cuesta más de creer con la cantidad de cosas utilizables que tiramos constantemente, incluída la ropa.

Al menos en mis tiempos, la pobreza que te lleva a pedir consistía en los tres primeros puntos y por ello pensaba que la prioridad de una persona en la calle era conseguir, comida, ropa nueva, un lugar donde dormir...pero no móviles.

Y más allá de lo que significa ser mendigo, me planteé con quién hablaría ese Sr. tan animadamente.


Cualquier día os paran a la puerta del super y os dicen:
-Dame unas moneditas para la tarjeta de prepago, anda...

Yo, después de malvivir unos años con la casa ocupa que teníamos delante y que nos pararan para pedirnos unas moneditas para birras o coca (lo juro), me lo creo todo.

Pobres a 1€

viernes, 29 de enero de 2010

Mi medio pomelo tiene algunas habilidades poco comunes, como caer bien a todo el mundo o que le devuelvan mal el cambio a su favor.

Y además, para compensar, digo yo, tiene algunas deshabilidades, como que nunca hay lo que él pide en restaurantes y bares o que los pobres a los que le da limosna se le amotinen e incluso le menten la madre.
Cada uno tienen sus cosas, ¿no? y él tiene estas.

El caso es que este verano, estando de vacaciones, un pobre muy educado y aseado, se acercó a mi chico mientras yo estaba a unos metros mirando un escaparate de embutidos propios del lugar, en la lejanía ya intuí que con su suerte habitual en estos temas, algo iba a pasar, pero quedaba francamente mal acercarse corriendo cual cotilla consumada, así que terminé con mi paseo al escaparate y los perdí de vista.
Al regresar a su lado, mi chico tenía esa expresión de dignidad ultrajada que pone cuando se considera tratado injustamente, así que no me costó imaginar que la habían tenido, él y el pobre.
Le pegunté si le pasaba algo y él me dijo que no.
Pasaron unos minutos y le dije en tono guasón:
-Te he visto con el pobre y tienes esa cara, así que desembucha.
Al principio se resistió, consciente de que iba a estar cachondeándome del tema durante varios días, no se equivocaba, pero al final, ante la falta total de otra posibilidad me contó lo sucedido.
Y el caso es que el pobre limpio y aseado, se acercó a mi medio pomelo y le dijo:
-Disculpe, señor, ¿podría darme algo para comprarme un bocadillo?
Mi medio pomelo, impresionado ante los modales del pobre, buscó su cartera y la abrió, apenas llevaba monedas pero vió que había una de 50 céntimos y poco más y se la dió.
El pobre miró la mano extendida con la moneda de 50 céntimos y miró al medio pomelo y repitió la operación con cara de asombro y le dijo,
-¿Sólo esto?, ¿no me puede dar al menos un euro que es lo que vale un bocadillo?
Y aquí el pobre que tan bien encaminado iba, la cagó, por que a mi chico le pasó cual película ante sus ojos, todos los incidentes acontecidos con pobres de todas clases y tuvo uno de esos arrebatos que le dan de dignidad ultrajada y raudo y veloz se apresuró a coger la moneda de la mano del pobre, que a la vista de la expresión facial de mi chico ya se apresuraba a cerrar para proteger su raquítica moneda, pero no pudo ser, mi medio pomelo indignado tiene unos reflejos de lince y ya con la moneda en su mano, le dijo,
-Pues si no te parece suficiente ya te puedes ir.
A lo que el pobre contestó en un murmuro,
-Disculpe si le he molestado- y se fue.

Ni que decir, que estuve un buen rato riéndome cual loca poseída, y no del pobre, no, sino de mi cándido y al parecer tacaño, medio pomelo, de su cara de indignación, de su ego malherido y de su cabreo en general, pero pasadas las risas, al final él acabó riendo un rato también y terminamos preguntándonos si realmente 50 céntimos son poco.
Evidentemente, no es una fortuna, pero 50 céntimos, que equivale a 83.19 pesetas no es tan poco dinero.
Un euro, que es lo que demandaba el pobre, son 166.39 pesetas.
El caso es saber si al dar limosna estamos obligados a dar un mínimo de X euros, que se considere aceptable, o si podemos dar lo que tengamos suelto en ese momento o si podemos dar lo que nos de la gana o nos apetezca.
¿Acaso existe un importe mínimo para dar limosnas?
Aunque suene jodido, cuando alguien que supuestamente no tiene nada y se acerca a ti para pedir dinero, ojo, no un bocadillo, sino dinero, se supone que el donador, guiado por su buena voluntad y si tiene medios, dará esta limosna.
Que hay pobres en el mundo, es cierto, pero uno de los motivos más usuales para no dar ni un céntimo es el pensar que nos están tomando el pelo, que nos están timando de alguna manera y ante una duda que no podemos comprobar de ningún modo, no se da nada.

Y en realidad, yo sigo preguntándome, ¿cuando no se tiene nada y se vive en la calle, tan poco son 50 céntimos?

África

viernes, 5 de junio de 2009

Acabo de leerme un libro del autor sueco Henning Mankell, llamado El cerebro de Kennedy, que trata entre otras cosas y a muy grandes rasgos, del Sida en África.

La idea principal viene a exponer la falta total de escrúpulos por parte de las empresas farmacéuticas, y la utilización de seres humanos cómo cobayas para probar vacunas contra el Sida, habiendo sido, previamente, infectados, en muchos casos, aunque el grueso de cobayas son, algunos de los millones de infectados ya existentes.

Esta idea, que si se mira desde la perspectiva de un ciudadano europeo bienpensante puede resultar absolutamente absurda e inverosímil por su terrible significado, se puede contemplar desde otro prisma, el de un ciudadano del mundo que sabe que la codicia del ser humano no tiene fin y cree en la falta de moral absoluta de la raza humana, y , por tanto, sería una idea completamente concebible.

Y es que, si se mira fríamente, ¿qué posibilidades hay realmente de que este tipo de cosas no estén pasando en el mundo, no sólo en África?
En un mundo dónde la vida no vale nada, dónde millones de niños en el tercer mundo se prostituyen para poder sobrevivir, dónde los jovenes se inmolan para poder vivir en el paraíso, dónde las mujeres en todas las partes del mundo son asesinadas por su condición de mujer, en este mundo en dónde todo lo espantoso tiene cabida siempre que haya un beneficio para alguien, que más iba a dar un poco de sufrimiento de los pobres, sobretodo si ese sufrimiento negro es para beneficio de los blancos, claro.

Pero lo peor de todo, es que en un acto de pesimismo y desaliento total, ayer, al cerrar la última página de ese libro, pensé, que con un poco de tiempo, ese tipo de actos, tal vez nisiquiera tenga que esconderse tras mentiras y más mentiras, por qué al paso que vamos, puede que llegue un día, dónde esas cosas pasen abiertamente y ya nisiquiera nos importe; total, si mueren para salvar el mundo.
El primer mundo, claro.
Y ni siquiera me quedaron ganas de investigar.

Tragasueños

jueves, 19 de marzo de 2009

El otro día estabamos en un bar, haciendo tiempo .
Justo al lado de la puerta del bar, que era un bar de barrio, pequeño, había dos máquinas tragaperras.

A los 5 minutos de estar allí entró un matrimonio mayor, ella se quedó al lado de la máquina con el carro de la compra agarrado con fuerza y él empezó a meter moneda tras moneda.

Al principio casi no reparé en ellos, cuando llevaban más de 15 minutos empecé a observarles, justo entonces, se marcharon, él gruñendo sobre algo, malhumorado, y ella con la cabeza gacha.

Al cabo de unos 10 minutos, entró una señora mayor, descuidada, se dirigió a la barra y cambió un billete de 20€ , se dirigió a las máquinas y eligió la misma máquina que el matrimonio de antes.

Antes de empezar a jugar, tocó un lateral de la máquina y luego se llevó esa mano a los labios.

En unos 10 minutos, había agotado las monedas, volvió al mostrador y cambió otro billete de 20€ en monedas que liquidó en unos 10 minutos más.

Le iba dando al botón con nerviosismo, siempre con el mismo movimiento repetitivo tras el que golpeaba la máquina, compulsivamente, comprobava el resultado de la apuesta y movía la cabeza al ver que una vez más no había premio.

Liquidados los 20€, fue a cambiar un nuevo billete, también de 20€, que gastó en 10 minutos más.

60€ en media hora.

Antes de marcharse, se quedó parada delante de la máquina, con la expresión extraviada, toco el botón una vez más, ya sin monedas y siguió mirando la máquina, con una mezcla de anhelo, resignación y necesidad en sus ojos.

Se dio la vuelta y desapareció por la puerta, y fue cómo si nunca hubiese entrado.

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