Agarrada al ataúd

lunes, 22 de marzo de 2010

Cuando el Tete murió, todo acabó para mi abuela.
Ella había roto con todas las normas de su época abandonando un matrimonio infeliz y rehaciendo su vida con el hombre del que se enamoró
años más tarde, más joven que ella y con un pasado turbio.

Vivieron muchos años felices, a pesar de la importante enfermedad pulmonar de él, que nos tenía a todos en vilo y nos llevaba al hospital cada dos por tres.
Su felicidad era para muchos incomprensible, desde fuera parecía siempre otra cosa, pero yo que la conocía sé que ella era completamente feliz; y a los demás que les dieran.

Por eso, cuando
el Tete murió, para mi abuela se acabó todo.
Ella era una mujer tranquila pero apasionada y como ya he dicho, le importó siempre un comino lo que dijeran los demás.

En el velatorio, mi madre estaba aterrorizada; su gran miedo, como persona educada en su represiva época, era que mi abuela la montara y para su asombro, mi abuela se comportó, hundida en su infinita pena, casi ausente.
Pero cuando llegó el temido momento de llevarse el ataúd, mi abuela pareció despertar del trance en el que estaba y al comprender que se llevaban al gran amor de su vida, hizo lo único que se puede hacer cuando se está roto de dolor; tratar de evitarlo.
Y así fue como mi abuela se agarró al ataud de
el Tete y empezó a chillar desgarradamente que no la dejara sola, que no la abandonase; que quería ir con él.
Para los demás, fue un momento terrible contemplarla de aquella manera, no por qué viesen su dolor desnudo y profundo, sino por qué había perdido la compostura.

Durante muchos años, ese hecho ha estado muy presente en mi memoria, ese momento insoportable e íntimo, juzgado por todos en base a una educación que teme el dolor, que teme la pérdida del control, que nos exije comportarnos adecuadamente hasta en la situación más dolorosa.
Lo más duro de asumir no fueron sus gritos, sino a la gente, a la gente que la rodeaba y no fueron capaces de acercarse a ella, no físicamente, sino moralmente, que no fueron capaces de entender que estaba en su derecho, que era su dolor y que era su luto.
A esa gente que sintió vergüenza por que no supo controlarse, a esa gente es a la que no me pude quitar nunca de la cabeza.

Durante el velatorio y entierro de mi suegro, hemos tenido mucho tiempo para hablar y pensar en la muerte.
Pensé largo y tendido, que clase de persona era yo, de las que se comían su dolor y mostraban su mejor y más educada cara a los demás, o de las que se agarraban al ataúd de la gente a la que quería.

Hoy por hoy, prefiero ser la que reinvindica su derecho de agarrarse al ataúd de sus seres queridos, quiero tener el derecho llegado el momento, de llorar, de gritar, de tirarme de los pelos y mostrar mi dolor si es necesario, sin pensar en el decoro.
Quiero tener derecho al desgarro, al duelo, a la locura.
Va en contra de todo lo que me enseñaron, incluso de mi naturaleza reservada y discreta.
Pero callarme por los demás, callarme por educación, para no incomodar...eso va en contra de mi sentido de la honestidad.

¿Y tú, de cual de las dos clases de persona eres?

10 comentarios:

Chelo dijo...

Yo soy más de contenerme -en público-, pero la procesión va pr dentro, claro. Para mi no es cuestión de honestidad ni de decoro, me sale así. A veces duele y hay que desahogarse, pero yo soy más de llorar en la intimdad, conmigo misma.

Candela dijo...

Soy de las que cree en el derecho a no reprimir los sentimientos más profundos. El dolor es el que más.

mariajesusparadela dijo...

Hace unos meses se murió mi madre. Pidió un entierro familiar, cremación y funeral de solamente hijos y nietos. Aun así, para mi gusto, eramos demasiados y yo me fuí a mi aire, dejándolos plantados.

El sentir el dolor en comandita , me pone enferma.

Leia Organa dijo...

Hace ya años que murió mi madre, el dolor del momento me dejó sin respiración, literalmente.

Después en el velatorio y posterior cremación, nada; toda mi familia temía que hiciese "el numerito", pero no.

El dolor se pasa cuando quiere el dolor, y la intensidad la pone el propio dolor; hay gente sufrida, no lo dudo.

Pero, cada uno reacciona como puede, y eso se debe respetar, el dolor con lágrimas y el dolor silencioso.

Desde entonces, han muerto familiares, y siempre se ha creado una atmósfera rara a mi alrededor, como sí no pudieran controlarme; como sí fuese de nuevo a "estallar". Pero quizá, lo que temen realmente no es por mi, sino por la imagen que dan ellos.

Por cierto, no creo que me vuelva a pasar; era muy joven, aunque ellos siempre les quedará ese "miedo".

angelito dijo...

No tengo ni idea de como, llegado el momento (espero que esté lejiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimo) me comportaré.

Tanto una manera como otra me parecen profundamente respetables. Cada uno vive el dolor a su manera, pero conociendome, apuesto a que lo haré en silencio y mucho después de que ocurra.

En momentos de crisis suelo comportarme como un roble y después hundirme en la más absoluta miseria.

Ender dijo...

Chelo la procesión ha de ir por alguna parte seamos como seamos:D
Yo también soy de llorar conmigo misma, pero me gusta poder elegir, y ya de paso, que los que eligen lo contrario a los demás lo hagan sin tener que soportar ni juicios ni críticas, lo mismo si deciden levantar la tapa del ataúd y tratar de meterse dentro, como si no sueltan ni una mísera lágrima.

Candela, de eso hablo, de reprimir, y concretamente de hacerlo por el que dirán.

María Jesús, yo una de las cosas que peor llevé fue la cantidad de gente que allí había, la necesidad social de no decirle que no a nadie y permitir que todos estuvieran allí, y la hipocresía que hace que creamos que hemos de ir a un entierro de una persona que hace 20 años que no vemos, o 30 o 40. ¿Es necesario?, a menudo se va por el que dirán.
Es muy difícil para la familia directa no sufrir el doble teniendo que pasar por las explicaciones y los comentarios 60 veces, si solo están los familiares directos, no son necesarias explicaciones, por que han estado ahí el día a día, solo estar en silencio y despedirse.

Leia Organa, entre mis amigos han habido varios huérfanos de madre a edades muy tempranas y todos ellos lo vivieron como una pérdida irreparable algo que los cambió irremediablemente.
Debe ser una experiencia terrible que debe arrancartélo todo de repente.
Y es cierto, que cada uno reacciona como puede.
Tal vez lo más duro es lo que dices, asumir la imagen que dan los que no han estallado.
Ese era justo el miedo que tenía mi madre.

Angelito, pues mira aquí estoy yo hablando de agarrarme al ataúd y cuando murió mi abuela no derramé ni una sola lágrima y fue para mi una pérdida inmensa.
En su velatorio y cremación, haciendo un esfuerzo enorme no mostré dolor tal y como ella quería y tardé muchos días en poder llorar su muerte.
Por que me pasa como a ti, cuando me pasa algo aguanto carros y carretas hasta que pasa y luego viene el hundimiento total.
Y lo más curioso, es que me pusieron verde lima precisamente por eso, por no haber llorado ni una lágrima.

Daisy dijo...

Cuando el dolor es muy grande yo soy incapaz de llorar.

En mi caso no es una cuestión de educación. Yo lloro en cualquier situación. Me cuesta mucho reprimir mi llanto en momentos tristes aunque casi no tengan que ver conmigo.

Sin embargo, cuando murió mi padre no pude llorar. Quería llorar y no podía. Tardé meses en hacerlo. Un buen día sin saber por qué me encerré en mi cuarto y lloré su muerte hasta jartarme.

Y ante el dolor físico igual. Si me quejo es que no me duele demasiado. Mi primer parto fué terrible. Mi madre le dijo al médico, no le debe doler mucho cuando no grita...y el médico le respondió: - al contrario señora, le duele tanto que no puede gritar.

Daisy dijo...

Ender yo era de las que no quería a nadie en el entierro de mi padre. Quería estar sola. Pasé tres meses con él en un hospital en la cama de al lado.

Mi deseo era un entierro íntimo y encerrarme en un cuarto a llorar todo lo que no había podido llorar esos 3 meses. Ilusa de mi, el entierro estuvo lleno de gente. Y yo tardé meses en llorar.

Me sentí confortada por la gente. Por lo que significaba. Porque sabía que esas personas no estaban allí por mi, sino por mi padre, por su recuerdo, aunque hubiera pasado mucho tiempo. Y sentían su muerte, no como sus hijos o como su mujer pero la sentían.

Antes no iba a los entierros. Ahora siempre voy ( obviamente cuando han existido lazos afectivos con el muerto ). Y he visto entierros sin apenas gente, no de los que son íntimos, sino de los que sin serlo nadie acude. La falta de afectos se palpa en ellos.

iolanda dijo...

Hola!
yo pienso que quien va a los entierros es por que de algún modo quiere rendir homenaje o mostrar su respeto al fallecido o a la familia que sufre. no creo que la gente vaya por cumplir, supongo que alguno habrá pero bueno.


Yo, en el entierro de mi lala perdí el sentido cuándo la introducian en la tierra, no lo pude evitar,fue inesperado e involuntario,posteriormente me moría de verguenza... pero en el día de hoy me da igual.

saluditos,

Ender dijo...

Daisy, a mi me pasa parecido, soy llorona en gilipolleces y en las cosas grandes o importantes me bloqueo.

En cuanto al dolor físico lo mismo mismito, soy super quejona, si no me quejo es que me duele tanto que ni fuerzas para eso tengo.

Bueno, en esto te quedas con el vaso medio lleno, yo no.
Sigo creyendo que mucha gente va a los entierros por convención y punto, esa gente sobra en un entierro.

Iolanda te digo lo mismo, lo creo por que lo he oído demasiadas veces.

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