Amigos de alquiler

lunes, 2 de marzo de 2009

Hace muchos años, en otra vida que quedó muy atrás, tuve una mejor amiga muy querida.
Esta mejor amiga, no siempre sabía ser amiga de sus amigos y por eso estaba muy sola.
Estaba sola, pero tenía una pareja de la que presumir, una pareja que la había sacado de su triste mundo y le había enseñado cosas que ella nisiquiera había imaginado que existieran, siempre a base de refinamiento y dinero.

Y a pesar de todo el dinero invertido en su felicidad, ella no era feliz.
A pesar de los lujos, los viajes, nunca era feliz.

Así que cuando la vida nos unió de nuevo, su príncipe azul descubrió que había una cosa sobre todas las demás, que hacía feliz a su princesa, algo que el dinero no podía comprar; su mejor amiga.

Se acercaba la fecha de cumpleaños de mi amiga, y su príncipe, pensaba y pensaba en cómo podía hacerle el mejor regalo, el regalo perfecto que la dejara absolutamente fascinada pero por más que pensaba no se le ocurría nada tan perfecto cómo para estar a la altura de su princesa, hasta que tras mucho pensar y pensar descubrió con cierto asombro, que lo que más feliz la hacía era estar con su mejor amiga.
Así que decidió que el regalo seríamos sus amigos...aunque amigos, amigos, ella no tenía, así que decidió invitar a su mejor amiga y a otras personas, que al menos por una noche, pudiesen parecer sus amigos.

He de reconocer que si me sacas de la cama de madrugada para invitarme a un cumpleaños, tal vez no esté muy atenta y seguramente fue por eso, por qué aún estaba dormida, que entendí que el cumpleaños se iba a celebrar un día antes de lo que se celebraba, ya que la fecha exacta caía en viernes y todo lo demás se perdió en las marismas del sueño profundo del que acababa de salir.

Así que llegó el viernes y allí nos presentamos, yo y mi acompañante.
Allí estábamos, plantados en la puerta del restaurante, uno de esos restaurantes de los que en la vida podríamos pagar, dispuestos a darle una sorpresa a mi amiga, con nuestras mejores galas y nuestras mejores sonrisas.

Nada más llegar, un amable empleado nos preguntó si teníamos mesa reservada, le comentamos que veníamos al cumpleaños de mi amiga y el color de la cara del amable empleado fue adquiriendo una serie de tonos variados, que pasó del blanco riguroso de absoluto pánico, a varios tonos de rosa hasta llegar a un rojo carmesí tipo preocupación intensa, de la que le puede costar el puesto a alguien.
Pasado el primer momento de crisis, el amable empleado, puso su mejor sonrisa, nos pidió que esperáramos un momento en el lujoso hall tras preguntarnos si seríamos tan amables de aceptar un refrigerio para amenizar la espera.

Volvió al cabo de unos momentos, con el refrigerio, que nunca sabré qué llevaba, pero que estaba estupendo y volvió a marcharse.
Esta operación la repitió varias veces, hasta salir y explicarnos muy amablemente, que la reserva para el cumpleaños estaba hecha para el día siguiente.

Tras hablar con el estupendo príncipe azul, que me confirmó que era cierto, regresamos a nuestra casita, compuestos y sin cumpleaños, para el día siguiente, repetir la operación, paso a paso.

Esta vez, nisiquiera hizo falta que nos presentaramos, el amable empleado nada más vernos, nos hizo pasar a la mesa reservada, junto con el resto de amigos ocasionales y allí esperamos pacientemente, hasta que mi amiga, engañada, cómo no, apareció con su maravilloso y adinerado, príncipe azul, haciendo ver que pasaban por allí.

Ella, paseo la mirada por la sala, y de toda la gente allí reunida, sólo me vio a mi, casi inmediatamente, se abalanzó para abrazarme y rompió a llorar por la alegría del inesperado encuentro.
Después beso y saludó al resto de invitados y se sentó a esperar a su principe azul que se había quedado hablando con el encargado del restaurante.

Cuando éste llegó, me miró fijamente y con una sonrisa entre malvada y cabrona le explicó a todo el mundo lo sucedido el día anterior, todos rieron divertidos mi despiste, pero claro, estábamos hablando de un sitio caro, de cierta reputación y de un cliente habitual...así que cuando el pobre encargado del restaurante supo que estábamos en la puerta por el cumpleaños, tuvo un ataque de pánico y puso la cocina patas arriba cocinando una tarta de cumpleaños improvisada, que jamás se llegó a comer, puesto que los que nos habíamos equivocado éramos nostros y no él.

El estupendo príncipe azul, ya estaba empezandom a arrepentirse de haber invitado a semejantes patanes que le hacían quedar mal ante todos sus conocidos, aunque lo que no sabía era que lo mejor estaba por llegar...

Y así fue, cómo por una noche, me convertí en el regalo de mi mejor amiga y traté de sobrevivir estoicamente a tanto lujo, dinero, comida y bebida cara, sonrisas de alquiler, amigos ocasionales y un sinfín de cosas más, que, afortunadamente, ya he olvidado.


6 comentarios:

Hawai dijo...

Caramba, Endercita, me ha dado pena el pobre maître, y la tarta de última hora que nunca se comió.

El príncipe parece más bien un ministro: los príncipes azules son nobles de corazón, los ministros sólo hacen cosas buenas por conveniencia.........

¿Y qué era lo mejor que estaba por llegar?.

Petonets!!!.

Ender dijo...

No sabemos que pasó con la tarta, nosotros no la comimos, lo prometo :D

Lo mejor no se puede contar ;D

Petonets

diego dijo...

Como tus cuentos siempre dejan una puerta abierta para que cada cual invente un final, ahí va el mío: apareció el maître con la tarta y tú y tu amiga os fuisteis a comérosla a un chiringuito que había en la esquina de enfrente, dejando solo al príncipe azul y a las ostras con champagne. Si es que los príncipes azules nunca han dado buen resultado...

Marc dijo...

tus historias tienen aire de leyenda :-)

por lo que cuentas fuisteis mas por compromiso que por otra cosa?

Sentías amistad por la chica del cumpleaños?

sweetjane dijo...

Qué historia tan triste, Endercita!

Ender dijo...

Bueno Diego, es un posible final, pero no habían ostras ni champagne, pero vino tinto había hasta decir basta :D

Marc, era mi mejor amiga, no fui por compromiso a pesar de que su compañero y yo, no nos llevábamos bien, pero durante todo la noche me callé mis opiniones, comí cosas que odiaba y sonreí mucho, por qué ese era mi regalo de cumpleaños.

Era una buena chica, pero a veces, la vida es muy perra.

Sweet, sí, es triste, es un cuento de hadas muy triste.

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