Los tres viajes a Francia de mi abuelo: Parte III, tercer viaje

lunes, 4 de enero de 2010

Parte I
Parte II

Los años han pasado, la vida, a pesar de todo se ha abierto paso y vencido y ha construido sus destinos, a menudo de forma distinta de como esperaban.

Mi abuelo, es un hombre mayor y no puede decirse que su vida haya sido todo lo feliz que esperaba, pero lo que sí se puede afirmar es que la soledad nunca ha sido un inconveniente para él.

A veces recuerda a personas que conoció en su juventud, a veces siente nostalgia de ellos, de la vida que pudo ser.
A veces, sentarse y recordar no es suficiente, así que busca la manera de encontrar al menos a una de esas personas.
Durante años, con ayuda del periodista que lo ha entrevistado algunas veces sigue el rastro de algunas de esas personas con las que tuvo un pasado común, personas que cruzaron la frontera y dejaron atrás toda su vida.
Hace acopio de su virtud más notable, la tozudez y persevera.
Tras muchos años, lo consigue, logra localizar a una de las personas con las que mantuvo correspondencia antes de la guerra y durante parte de la guerra, una de esas personas con las que estudió el esperanto, lengua que aún recuerda y con la que nos deleita algunas veces.

De nuevo, en su buzón, decadas después, aguarda una carta.
La coge con delicadez, la abre y la lee.
Algo en su interior se conmueve, ella se acuerda de él, mucho, a menudo se preguntó por la suerte que corrió, a menudo recuerda sus cartas y ahora, que sabe que está vivo, quiere saber más de él.
Las cartas van y vienen y por primera vez se llaman, hacen hoy lo que no hicieron entonces; oir sus voces.
Ríen, ella llora, recuerdan, hablan del pasado, del presente.
Saben que lo que han conseguido es especial, se sienten felices, recompensados. Mi abuelo se sorprende del acento francés con el que ella habla el catalán, se ríen de ello, a veces tienen problemas para seguir la conversación.
Siguen las cartas y al fin hacen hoy lo que no hicieron entonces; conocerse.
Anita ha vuelto a España alguna vez, pero esta vez será especial.
El viaje es largo, lo hace en tren y son muchas horas y es ya algo mayor, pero viene cargada de ilusión y bombones para los nietos de su amigo de juventud.

Anita se sienta a la mesa con nosotros, a veces no la entendemos, pero entendemos su cálida mirada, sus manos cariñosas, sus besos tiernos.
Nos soborna con chocolates variados y nos cuenta la historia de su vida, su llega a Francia, nos habla de sus hijos franceses.

Luego, se quedan a solas y hablan de la parte más dolorosa, sus semblantes se entristecen y finalmente el silencio.

Las cartas siguen, las esperan con ilusión infantil, cuando llegan, mi abuelo nos las lee, a veces vienen con fotos de sus hijos y de sus nietos, cuando llama hablamos con ella, e incluso a veces con su hija mayor, muy unida a su madre.

Y tras algún tiempo, mi abuelo recibe la invitación de ir a Francia;
Anita lo invita a pasar una semana en su casa, con su familia.
Francia, al fin esa tierra esquiva le abre sus puertas, al fin esa patria lejana le acojerá.

Y así fue como mi abuelo, al fin, fue a Francia.


*Anita murió hace algunos años, nos llamó su hija para darnos la triste noticia.
Durante los años que duró la relación entre Anita y mi abuelo fue como de la familia, con sus cartas, sus chocolates y su ternura.

5 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Yo comparto con tu abuelo el amor por el esparanto, aunque sé muy poquito: me parece la forma más democrática de comunicación. Es el único idioma que no pertenece a nadie y que todos tenemos que aprender con el mismo esfuerzo: nadie sabe más por razón de nacimiento en uno u otro espacio.
La idea me parece fascinante.

Hacía muchísimo que habías dejado colgando esta Francia...me alegro de que, al fin, lo haya acogido de verdad.

mariajesusparadela dijo...

(Evidentemente, quise decir esperanto)

Ender dijo...

María Jesús, mi abuelo siempre dice que la imposición del inglés desplazó al esperanto, y sobretodo, los interes económicos y los otros, los de no querer que la gente se entienda, se comunique, se una.
Esta teoría en aquel momento estaba muy de moda.
Hay que pensar que la generación de mi aguelo utilizó el esperanto en aras de la mejora de los proletarios.

Tenía muchas ganas de escribir esta tercera parte, pero debía encontrar el momento, en el tiempo y en el ánimo.

Daisy dijo...

Hola Noxie...

He leído tus tres entradas a los viajes del abuelo.

Como soy mayor que tú, tu güeli internetera como tu me llamas, te diré que en la época de la que hablas el hambre y la miseria no conocía bandos...circulaba por los dos..

Que era una época de una España en la que el porcentaje del sector primario (agricultura y ganadería) era superior al 70% y la esperanza de vida era de 50 años. Una España eminentemente rural. Con malas comunicaciones, sin luz, sin agua, trabajando de sol a sol, mirando al cielo todos los días, esperando que ese cielo no arruinara la cosecha porque eso era el equivalente a una hambruna. Y esto no distinguía ninguno de los dos bandos...

Durante y después a la guerra civil a esa situación se unió el odio y el rencor entre hermanos. Mal para los que emigraron y muy mal para los "vencidos" que se quedaron. Incluso mal para los "vencedores". El miedo lo palpamos toda la generación siguiente a la guerra.

Fué terrible para todos obviamente peor para unos que para otros...pero al margen de los aspectos de guerra fraticida...el hambre, la miseria,
la desesperación, el esfuerzo por sacar a los hijos adelante igualaba a una amplia mayoría de la población.

Ender dijo...

Yo creo que si algo tiene la miseria, es que no entiende ni de bandos, ni de ideología, ni de nada.

Si a eso le sumas una guerra, ni te cuento.

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